«Érase una vez un hombre muy pobre que vivía en
un pueblo muy animado y feliz. Los habitantes del pueblo eran muy amables y
siempre se aseguraban de que nunca le faltara de nada a pesar de su pobreza.
Un día, al hombre más rico del pueblo le dio pena
y le compró una tienda para que pudiera ganarse la vida.
El pobre trabajó mucho y su negocio floreció en
poco tiempo. No tardó en convertirse en la tienda más próspera del pueblo. Iba
a visitarla gente de todo el mundo. Ni siquiera la tienda del hombre rico podía
compararse.
El hombre, que había dejado atrás la pobreza,
compró toda la comida del pueblo para dominar el mercado. Puso los precios de
la comida tan altos que nadie podía permitirse comprar nada, pero los
comerciantes de otros pueblos más ricos compraban todo lo que podían.
La codicia había cegado al hombre, que había
olvidado la deuda que les debía a los habitantes de su pueblo natal.
Sus vecinos se morían de hambre, pero al hombre
solo le preocupaba ver crecer su fortuna.
El avaro hombre se hizo tan rico que su fortuna
llegó a ser conocida en los rincones más remotos de la zona.
Erigió un lujoso palacio como monumento a su fama
mientras el pueblo decaía a su alrededor.
Los demás habitantes del pueblo se vieron
obligados a irse y el hombre se quedó solo en su reino. Ahí se lo tragó su
soledad, un precipicio vasto y vacío».
Bien está lo que bien acaba...
P. D.: En el juego ya dicen que es un final
perfecto.
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