«Érase una vez una princesa muy amable que vivía
en un reino apartado en las profundidades de un valle. Era tan bella que los
pretendientes acampaban durante meses fuera del castillo con la esperanza de
cortejarla. Pero ninguno de los acaudalados y apuestos jóvenes era del gusto de
la princesa.
Un día, cuando la princesa miraba por la ventana,
vio a un galante caballero pasar a caballo. La princesa se enamoró de él en ese
mismo instante y le rogó a su padre que le concediera una audiencia. El rey
accedió de buena gana, y la princesa no tardó en casarse con el joven
caballero.
Años después, cuando ambos reinaban sobre el
país, el joven partió a dar muerte a un peligroso dragón. La joven reina esperó
y esperó a que volviera su rey. Sin embargo, este no regresó nunca.
Un canciller de la reina hizo todo lo que pudo
para consolarla. Con el tiempo, la reina empezó a olvidar a su marido. Poco a
poco, se acabó enamorando del canciller.
El plan del canciller había funcionado. Había
enviado al rey a la cueva de un dragón y había sellado la entrada. La reina no
sabía nada de todo esto. Solo sabía que el rey no había vuelto y que amaba al
canciller.
Se casaron en una ceremonia lujosa. Desde los
asientos, el pueblo prestaba atención para ver a su nuevo rey. Parecía que los
habitantes iban a ser testigos del milagro del amor.
El traicionero canciller se había quedado con la
reina, la corona y el país.
Pero...
El rey no estaba muerto.
Un año después de entrar en la cueva, despertó
enterrado entre los escombros. Empleó las últimas fuerzas que le quedaban en
cavar una salida entre los cascotes. Al final, salió al aire libre y corrió al
castillo para tranquilizar a su esposa... Y allí encontró a su reina y al
canciller viviendo felices como marido y mujer».
P. D.: En el juego fragmentan este cuento; el
«Pero...» es el final de la primera parte y el principio de la segunda.
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